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La mayor necesidad del Cristiano

E. W. Bullinger


Existe una cosa que el Cristiano necesita más que cualquier otra cosa
Aquellos que todos los demás dejan; y aquello que todos los demás no toman en cuenta.

Como dice la Palabra de Dios, y nuestra propia experiencia, que “porque no sabemos orar como debiéramos
“. Pero “pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles
” (Romanos 8:26). aquel que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque El intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios,
y en
Efesios 1:17, tenemos Su plegaria establecida en estas palabras: “que el Dios de nuestro Señor
Jesucristo, el Padre de gloria, puede darle al espíritu de sabiduría y
revelación en el conocimiento de El.”

Esta, entonces, debe ser nuestra mayor necesidad:
Un verdadero conocimiento de Dios.

Si el Espíritu Santo entonces lo coloca ante cualquier otra cosa, debe ser porque es más importante
que cualquier otra cosa; sí, que todas las demás cosas reunidas.

Esto es lo que se encuentra en las bases de la Fe Cristiana; en el umbral de la vida Cristiana.

Esto es fundamental para toda confianza.

No podemos confiar en una persona si no la conocemos . Al menos, es más seguro para nosotros el no
hacerlo; y como regla no lo hacemos.
Pero por otro lado, cuando conocemos a una persona muy bien, ¡no podemos evitar el confiar en él o ella!
Ningún esfuerzo de confianza se necesita cuando conocemos perfectamente bien a una persona. La dificultad
entonces es el no confiar.

¿Por qué, entonces, no confiamos en Dios? ¿No es clara la respuesta?
¡Es porque no lo conocemos!

Entonces vemos cómo este conocimiento de Dios es nuestra mayor necesidad; el primer paso de nuestro curso
Cristiano. Nuestra confianza nunca estará en proporción con nuestro conocimiento.

Si conociéramos, por ejemplo, una billonésima parte del infinito conocimiento de Dios, deberíamos ver
esto como algo completamente absoluto, que no deberíamos “estar dispuestos” para su voluntad,
sino que deberíamos desearla . Seria nuestra mayor felicidad el que El lo haga y lo disponga todo
para nosotros. Deberíamos decir, “Señor, soy un tonto e ignorante; No sé nada y no puedo
hacer nada; sólo puedo ver este momento presente; No sé nada de mañana.
Pero Tú puedes ver el fin desde el principio. Tu conocimiento es infinito, y tu amor es infinito;
tú nuestro Salvador y Señor que nos hablas, así como tu amado hijo —
“y que los amaste tal como me has amado a mí” (Juan 17:23). Hágase tu voluntad.
Este es mi deseo, el deseo de mi corazón. Esto es lo que quiero por sobre todas las cosas.”

Esto es más que tener la “voluntad”. Debemos tener la voluntad de algo, porque no podemos
evitarlo. Esto puede ser incluso una forma baja de fatalismo Cristiano. Un Mahometano puede así estar
resignado a la voluntad de su dios.

Pero hablamos de esto, más allá del evangelio moderno de la santidad; más allá de la simple
“voluntad”.
Aquellos que están incluso en peor condición; sin la “voluntad,” sino con la “voluntad de tener la voluntad
,” no ven que esta condición surge de no conocer a Dios; el no saber qué tan infinito es Su
amor, cuán vasta es Su sabiduría, cuán bendito y cuán dulce es su voluntad.
Si lograran conocer algo de esto, estarían sedientos de Su voluntad. Sería el más fervoroso
deseo y anhelo de sus corazones para que El hiciese exactamente su voluntad, en nosotros,
y por nosotros, y por medio de nosotros.
Al no conocer este secreto hay Cristianos, en todos lados, esforzándose y laborando para tener la
“voluntad” mirándose a sí mismos; y por un cierto “acto de fe
” hacer algo por ellos. En vez de pensar en Su sabiduría y Su amor,
ellos piensan en ellos mismos y en su “entrega”.

Pero esta es una labor en vano. Incluso si parece lograr algo, es como atar flores de papel
en una planta. Pueden verse naturales y bien; pero no tienen ningún olor, nada de
vida; ninguna fruta, y ninguna semilla. Es un intento artificial, ficticio, de
producir lo que tan sólo Dios podría hacer sin esfuerzo: Sí,
el esfuerzo sería el parar o impedir la omnipotencia del conocimiento de Dios.

El problema con nosotros es que, ponemos a prueba nuestros corazones en lo profundo, creemos
que tenemos la razón. No se lo diríamos al mundo, con dificultad nos lo admitiríamos a nosotros
mismos. Pero allí está; y la dificultad de estar “deseosos” es prueba de ello.

Si en realidad Le conociéramos, y creyéramos que El sabe más que nosotros lo que es bueno para nosotros,
no habría ningún esfuerzo, sino bendiciones incontenibles de deseo por Su
voluntad.

Antes de pasar a considerar algunos otros efectos
prácticos de este conocimiento, tengamos en cuenta el hecho de que hay dos palabras fundamentales
sobre el conocimiento de Dios, dos verbos que significan conocer. Ya que estos son usados
en ocasiones en los mismos versos, es muy importante que distingamos cuidadosamente
lo que el Espíritu Santo ha enfatizado tan especialmente. Estas son, en efecto, seis
palabras Griegas que traducen conocer, pero estas son las dos más comunes.

1. Una es oida, que significa conocer sin estudio u esfuerzo; y se refiere a lo que
conocemos intuitivamente, o como un hecho o historia.
2. La otra es ginosko, que significa llegar a conocer; por esfuerzo, o experiencia, o
aprendizaje.

La Práctica de la Vida Cristiana

La importancia de llegar a conocer a Dios es nuestra gran
necesidad. Este conocimiento no es sólo la base de nuestra confianza en Dios; no es sólo la base de
la fe Cristiana; sino de la vida Cristiana. La práctica de la vida Cristiana y su desarrollo
estará en proporción directa con nuestro conocimiento de Dios.

Observe a Colosenses 1:9,10, en donde tenemos el resultado práctico de una oración en Efesios
1:17. En Efesios 1:17 tenemos la oración como tal. En Colosenses 1:9,10, la tenemos aplicada a nuestra
corrección e instrucción. Cuidadosamente sopese las palabras. “Por esta razón, también nosotros, desde el día que lo supimos, no hemos cesado de orar por vosotros y de rogar
” — ¿Rogar por qué? “para que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría y comprensión espiritual.
” ¿Por qué? ¿Con qué proósito? ¿Con qué fin? “para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios.”

Entonces, para andar digno del Señor, ¿debo conocerlo? Exactamente. Si voy a complacerlo en todas
las cosas debo saber qué lo complace. ¿Es esto todo lo que se necesita? ¿Es todo lo que tengo que hacer?
Sí, esto es todo. Entonces ¿no tengo que ir de aquí para allá; de Convención en Convención?
No, tengo que sentarme ante la Palabra de Dios, y llegar a conocerlo a El por medio de
eso. No hay ninguna otra forma para llegar a conocerlo. Y El nos ha dado Su Palabra, y se ha revelado
El mismo desde entonces, un propósito que debemos estudiar y hallar lo que le complace;
lo que El ama; lo que El odia; lo que El hace. Para llegar a conocer Su sabiduría, Su voluntad,
Su infinito amor, Su omnipotencia, Su fe, Su santidad, Su rectitud, Su verdad, Su bondad y misericordia,
Su sufrimiento, Su gentileza, Su cariño, y todos los innumerables atributos de nuestro gran y glorioso Dios.

¿Entiende por qué este conocimiento es absolutamente necesario, si queremos complacer a Dios?

No podemos complacer a ninguno de nuestros amigos a menos que sepamos qué les complace. Si fuéramos a darle
un regalo a uno de ellos, naturalmente pensamos, o tratamos de hallar, lo que él o ella necesita o le encantaría
tener. Si recibimos un invitado, naturalmente tratamos de recordar o hallar lo que le
complace en términos de alimentos o bebidas, en ocupación o recreación. Si nosotros no podemos
hallar esto, entonces tenemos que adivinarlo, y puede que no tengamos éxito en nuestro esfuerzo por
complacer. Puede que nos sometamos a grandes molestias y dolores, pero después de todo, puede que sólo
logremos proporcionar todo aquello que no es apetecido. Así también es con nuestro Dios.

¿A dónde podemos acudir?

¿Cómo vamos a hallar las cosas que le complacen?
¿Cómo vamos a descubrir las cosas que El aprueba?

Sólo por Su Palabra.

Sólo, y sólo así podemos llegar a conocerlo.
Sólo así podremos entender en totalidad la oración del Espíritu en Efesios 1:17;
y el bendito resultado práctico en Colosenses 1:9,10.

Ningún hombre tiene este conocimiento de Dios intuitivamente. Ningún ministro puede si quiera ayudar a impartirlo,
excepto en y por el ministerio de esa Palabra. Sus propios pensamientos no tienen valor. Sólo en la medida en que
pueda permitirnos entender dicha Palabra nos podría ayudar. El puede estar equivocado, y puede llegar a ser fácilmente
un obstáculo antes que una ayuda. Dios se ha revelado El mismo en su Palabra Escrita,
las Escrituras de la verdad; y en la Palabra Viva de Su Hijo, Jesucristo. Y es por medio de la Palabra
Comunicada, revelada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nosotros
iniciamos así a conocerlo a El, quién al conocerlo es Vida Eterna.

Esta es una de las grandes razones por la cual la Palabra Escrita nos fue dada. No está dada simplemente como
un libro de información general, o de referencia; sino que está dada para que conozcamos al invisible
Dios.
¿Por qué la leemos? ¿Por qué la abrimos? ¿Cuál es el objeto, que logramos al leerla?

¿Leemos una parte que alguien más ha seleccionado por nosotros? ¿Leemos esa parte porque hemos prometido
a alguien que lo haremos? O, ¿la abrimos, y nos sentamos ante ella con el objetivo primordial de
encontrar a Dios; descubrir Su mente; llegar a conocer Su voluntad?.

Aquellos que no están comprometidos crean a su propio dios en sus pensamientos e
imaginaciones. ¡Ellos tienen que valerse de lo que piensan que si dios quiere!

Miles de miles hacen sus dioses con sus manos, de madera, o piedra, o pan. Miles más
lo crean en sus propias cabezas. Pero, son ignorantes de la palabra de Dios, pues son ignorantes del
Dios que se ha revelado El mismo.

Debemos alabarlo en espíritu

Vea el poder de esta verdad al ser aplicada a lo que se conoce como
“Adoración Pública” o “Servicio Divino”. Muchos aun alaban al
“Dios desconocido”, y se sirven ellos mismos; ¡y hacen lo que es complaciente a su parecer,
estudiando sólo lo que les gusta! Ignorantes de las escrituras, Juan 4:24, “Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad.
” (e.j.,
realmente en espíritu), ellos hablan del tipo de servicio que prefieren, y dicen, “A mí no me
gusta ese para nada”; o, “a mí me gusta este mucho”; así como de supuestos “lugares de
alabanza,”, que sólo se abren para que las personas vayan y hagan lo que les complace,
sin tener en cuenta la palabra que “deben,” la que domina todo lo que llamamos alabanza.

La alabanza “debe” ser sólo con el espíritu. No podemos alabar a Dios — el cual es un Espíritu
— con nuestros ojos, observando lo que ha sido construido. No podemos alabar a Dios con nuestras narices,
oliendo incienso, bien sea en ceremonias o en otros usos. No podemos alabar a Dios
con nuestros oídos, escuchando música, así sea bien “interpretada”.
¡No! la alabanza no puede ser con nuestros sentidos; o con todos estos juntos. Debe ser
espiritual, no sensitivo. Los creyentes deben ser creyentes espirituales, porque
“porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren” (Juan 4:23).

¿Cuántos de dichos creyentes frecuentan nuestras iglesias y capillas?
¿Cuántos siguen alabando al “Dios desconocido” (Hechos 17:23)?

Es posible que, si se conociera el Dios verdadero — al grandioso, y Poderoso y Santo Dios, quien reside
no en los templos hechos con manos; el Dios que vive eternamente; el Dios para cuyo parecer
los propios cielos no están limpios, y quien trata a sus ángeles con desdén — ¡cómo es posible que cualquiera que
le conozca pueda imaginar, por un momento, lo que El
“busca” o lo que puede complacerle, o aceptar, o tener una congregación que convierte la Biblia
en “un libro de palabras,” y escucha, por ejemplo, a una niña cantando,
logrando una nota tan alta como puede, y manteniéndola por tanto tiempo como puede!
¿Es eso lo que busca El Gran e Infinito Dios? ¿Es esa la ocupación del corazón con El mismo
la cual El dice que “debe” tener? ¡Desde luego que no! y entre más grande es la ignorancia de
Dios, más profundos y degradados serán los detalles de lo que se conoce como
“Adoración Pública”.

Un verdadero conocimiento de Cristo

Hasta ahora hemos hablado solamente de un conocimiento de Dios —
El Padre. Pero también es de gran importancia que tengamos un perfecto conocimiento de
Cristo.
Este es el objeto del Cristiano, así como su mayor necesidad.
Esto es establecido con impresionante claridad y fuerza en Filipeos 3. En el noveno verso
tenemos a nuestro Cristo expresado en palabras.

“Encontrado.”

Esto se explica no por tener nuestra propia certeza, sino
por medio de la fe de Cristo; “la certeza de qué es Dios por Fe”.
Cubiertos por esta certeza, nada de lo propio es visto por Dios. Como las piedras en el Tempo,
estaban cubiertas primero por madera de cedro; y la madera de cedro estaba cubierta por oro.
Luego agrega, “no se veía ninguna piedra”. Estas palabras no son necesarias ni en
gramática, ni por su sentido; ¿cómo podría verse la piedra si estaba doblemente cubierta?
¡No! las palabras tienen sentido para enfatizar la contradicción, y para impresionarnos
sobre el hecho bendito, cuando nos investimos con nuestra certeza de Cristo, de que
nada se ve cuando nos encontramos ante Dios. Ya estamos “en los cielos, en
Cristo”; y tenemos gracia en toda Su gracia, perfectos en toda Su perfección, aceptados en
todo Su mérito, justos en toda Su justicia; sí, santos pues El es santo, y amados pues el es Amor.
Todo esto está incluido en esas palabras, “que se encuentran en El”.
Y siendo así que nos “encontramos” frente a El, tenemos en los versos 20, 21
nuestra esperanza; la cual es ser

como El

en la resurrección y gloria de ascensión cuando sea Su aparición. Por lo tanto “buscamos al Salvador, al Señor
Jesucristo: quien cambiará nuestro vil cuerpo, y lo hará como su cuerpo glorioso,
de acuerdo con su obra él puede reducir todas las cosas en El mismo”.
Esta es nuestra “esperanza bendita”. Nos hemos referido a ella aquí, y no en el orden que tiene en este
capítulo, para mostrar qué es lo que se encuentra entre los dos —
el comienzo y el final de nuestro curso Cristiano. ¿Qué es aquello que llena el espacio entre estos dos?
¿Qué va a ocupar nuestros corazones desde el momento en que estamos en Cristo,
quien es nuestra vida, hasta el momento en que seremos como Cristo, quien será nuestra Gloria? ¿Cuál es el
objeto que debe llenar nuestros corazones y ocupar nuestras mentes?

“Que puedo conocerle.”

Este es por lo tanto el gran objetivo del Cristiano.
Nada más que su objetivo es el de llegar a conocer a Cristo (estas palabras que usamos aquí se encuentran en
Filipeos 3:10).
El verso 9 contiene la explicación de las palabras “encontrarlo,” en el caso del verso
(10), este contiene la explicación de cómo y por qué debemos llegar a conocer a Cristo.
Por lo tanto no podremos conocerle después de la carne, sino que lo llegaremos a conocer al ascender;
la cabeza de la Nueva Creación en la resurrección (II Corintios 5:16,17).
Así es como este conocimiento es explicado: “que podré conocerle y el poder de su resurrección
“. No sólo conocer el hecho histórico de su resurrección, sino
“el poder” de esta: e.j., ¿no es qué es lo que este maravilloso poder ha hecho por
por nosotros. Sino cómo podemos llegar a conocer este “poder”? Ah! solo experimentando
“la compañía de Su sufrimiento”: aprendiendo que cuando El, la Cabeza del Cuerpo,
sufrió, todos los miembros de ese Cuerpo sufrieron en una misteriosa y bendita
“comunión con El”. Así, debemos llegar a saber cómo fuimos “hechos
conformes con El en Su muerte”. Solo cuando hemos aprendido que sufrimos cuando El sufrió,
y morimos cuando El murió, podemos empezar a entender cómo hemos ascendido con Cristo también; y
“llegar a conocer el poder de Su resurrección”.
Muy pocos de nosotros sabemos cuál es este “poder”, que nos lleva de la antigua creación
y nos coloca en la Nueva creación, en donde “todas las cosas son de Dios” (II Corintios
5:17).
Este es entonces nuestro objetivo, el llegar a conocer todo lo que Cristo ha hecho por nosotros en el poder de
la resurrección.
Cuán asombrosas debieron ser estas palabras cuando llegaron a oídos de los Griegos (ya que esta fue
la primera ciudad que Pablo visitó en Europa). Habían sido llevados por el gran proverbio de
Solon, el más sabio de los siete sabios de Grecia. Su proverbio se suponía que personificaba
como tal la esencia de toda sabiduría; y consistía de sólo unas palabras, que fueron inscritas
en las entradas de las escuelas y colegios de Grecia:

“Conócete a ti mismo.”

Pero sin embargo, cuán tontas son estas palabras. ¿Cómo puede alguien conocer
nada más que a si mismo considerándose a si mismo? Si observa a otros, entonces puede ver cuán
diferente es de ellos; y qué tan mejor o peor puede ser frente a ellos.
Pero es sólo cuando nos comparamos con Cristo, quien es el conocimiento y gloria de Dios,
que aprendemos lo que realmente somos; y que tan lejos estamos de esa gloria (Romanos 3:23).
Es sólo cuando nos vemos a nosotros mismos en “el Balance del Santuario,” o al lado de la
línea de esa Perfección, que vemos, y llegamos a conocer, nuestra condición absolutamente perdida y arruinada.
Por lo tanto, este nuevo proverbio fue enviado desde el cielo a los oídos de aquellos
que buscaban conocerse a sí mismos —

“Que puedo llegar a Conocerlo.”

Sí; este es nuestro objetivo. Esto es lo que tendrá un poderoso
poder de transformación en nuestras vidas. Todo momento que gastamos buscando conocernos es
un momento perdido: y no sólo perdido, sino que utilizado para mantenernos alejados de aquello
que puede ayudarnos a lograr nuestro objetivo y enseñarnos. Al tratar de conocernos a nosotros mismos, no sólo
fallamos en el intento, sino que dejamos de conocer a Cristo, quien sólo nos enseña cómo conocernos a
nosotros mismos.
Y sin embargo, ¿cuántos gastan sus vidas en esta búsqueda en vano? Yendo de un lado para otro
a escuchar a este u otro hombre. Y, al estar constantemente dirigidos a sus propias ocupaciones,
su propia dedicación, y su propia reexaminación, son llevados a problemas; o, a una dicha que dura sólo
mientras se mantiene la excitación.
¡Oh! estar ocupados en Cristo; tenerlo como nuestro objetivo; y Su poder resurrección para nuestras
vidas.
Esto lo tendremos; y lo tendremos en incremento al llegar a conocer a Cristo.
De nuevo. ¿Qué es lo que llevó al mundo pagano a la oscuridad, corrupción, y pecado?
Simplemente esto: “Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias… profesando ser sabios, se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible…” (Romanos 1:22,28).
Como la gente hoy en día, quienes ignorantes de Dios como El se ha revelado a El mismo en Su Palabra, hacen sus
dioses, algunos con sus propias manos, o con sus propias cabezas, vanamente imaginando que El es lo que
ellos creen que es, y adorando, como paganos, “al Dios desconocido,” tal como uno de
ellos.

¿Qué fue lo que llevó al desviado Israel y les trajo todo ese dolor y sufrimiento?
Isaías inicia con la acusación Divina, que resume brevemente la gran causa que
origina todo:

“El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento.”
Vea cómo el Señor Jesús confirma esto en Lucas 19:42-44, cuando llora por Jerusalén. Todo esto se resume
en las palabras iniciales y finales:

“¡Si tú también hubieras sabido!

en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.”
Y luego, volviendo a la razón para dicho argumento El agrega: “porque no conociste el tiempo de tu visitación.”
Y ¿cuál va a ser el auge de la gloria de Israel en el día de su restauración?
¡Ah! entonces debería llegar a pasar eso “no debería enseñar todo hombre más que a su vecino
diciendo, Conoce al Señor: porque todos me conocerán, desde el más pequeño al más grande,
dijo el Señor” (Jeremias 31:34).
Y ¿qué será la gloria de la Creación; y la placidez y felicidad de toda la tierra? Esto lo resume todo:

“la tierra estará llena del conocimiento del SEÑOR como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).

Y ¿cuál es el secreto al poder nosotros solo alcanzar la gloria en el Señor,
y disfrutar Su bendición en este el día de nuestra visitación? Esta escrito en Jeremías 9:23,24:

“No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce.”

Así entonces somos persuadidos, y llevados de vuelta al gran deber, que debería por lo tanto absorber
nuestros corazones y mentes, y llenar nuestros días y años; biz., para ser instantáneo en nuestro estudio
de la Palabra de Dios, que está dada a nosotros con un propósito, grande, expreso, determinado
— la revelación de El mismo, con el fin de que podamos lograr

llegar a Conocerle.

La
Razón, Objeto y Esperanza de los Cristianos
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